Economía

Situaciones pregonadas

Montones de ruidosos camiones de basura, en ese momento en que lentamente van frenando y se detienen por completo, hasta poner a funcionar la moledora de basura en su interior, así como un millón de camionetas llenas de frutas y sobre ellas, con un altoparlante en mano, disparando esa voz que hace correr a algunas amas de casa: PLáTANOS, PLáTANOS, venga vecina PLáTANOS. PiñA, PiñA, PiñA TAN DULCE QUE CURA LO QUE SEA, Piña dulce curadora, llegó la curadora, corra vecina corra, que llegaron ellas LAS CURADORAS.

Alguna vez leí que las cosas que uno vive en la infancia, se conservan mejor en la memoria. Yo siempre tuve muy buena memoria para mi infancia y ahora me pasa que revivo como todo el mundo, muchas de las cosas que viví. Bueno, tampoco soy un viejo senil, pero se ha vivido. La cuestión es que de alguna forma esas situaciones de pregones -hasta podría llamarlas ahora aprovechando la chispa, situaciones pregonadas, descritas en el párrafo anterior- vuelven en vivo cada día en mi calle, como en la de tantas otras personas de este país, y eso por momentos me hace cuestionar ¿Será que me quedé arriba con unas piñas?¿Será que en lo más profundo de mi ser yo deseaba ser marchante?

Es muy cierto que en toda mi infancia en el barrio de Costa Brava, me llamaban la atención tanto los camiones de basura como las camionetas anunciadoras, aunque interrumpían nuestros juegos de pelota, pero me gustaba verlos, sobre todo las camioneticas siempre con colores chillones, con una bocina en el techo, con el marchante sentado atrás, arriba de todas las frutas, o sencillamente de chofer con el micrófono en mano sobre el guía y la cabeza casi saliendo por la ventana, como si no llevara micrófono, anunciando la salvación: LLEGó SU Piña DULCE VECINA, COOOOORRA.

Actualmente vivo en una parte de la capital en la que los edificios a veces no dejan ver las nubes, pues todo se ha abarrotado de ellos, lo que es una manera muy particular de nuestra cultura, de nuestro orden o de nuestro desorden, pero ese momento en que pasan las camionetas anunciadoras llenas de frutas quita del medio a todos los edificios, por más altos que sean y me sigue resultando agradable, es muy de nuestra cultura, casi un símbolo que nos identifica, además me hace recordar a mi madre mandándome a parar algún frutero: -¿Y te vas a quedar ahí sentado muchacho, oyendo al frutero? Corre carajo y páralo antes de que se vaya.

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