Parece que cada vez se hace más difícil comprendernos. Que resulta paradójico ahora que tenemos más oportunidades de conectarnos físicamente, pues sí. Como psicóloga, escucho con frecuencia una misma pregunta: “¿Qué está pasando con las relaciones?”
La respuesta no es sencilla, porque el problema no comienza cuando conocemos a alguien que se vincula con nosotros. Empieza mucho antes. Comienza en la historia emocional que cada uno lleva consigo. Ninguna relación inicia desde cero. Llegamos a ella con nuestras alegrías, nuestras pérdidas, nuestras creencias y también con las vivencias y heridas que nunca aprendimos a sanar.
La ciencia respalda esta realidad. La teoría del apego, desarrollada por el psiquiatra John Bowlby y ampliada por la psicóloga Mary Ainsworth, demuestra que las primeras experiencias con nuestros cuidadores moldean la forma en que amamos en la adultez.
Quien creció sintiéndose seguro suele confiar. Quien aprendió que el amor podía desaparecer de un momento a otro, muchas veces vive temiendo el abandono. Y quien fue herido repetidamente puede levantar muros para protegerse, incluso frente a quienes desean acercarse con sinceridad.
También vivimos en la era de las expectativas imposibles. Las redes sociales nos muestran relaciones perfectas, cuerpos perfectos y vidas aparentemente de ensueños para presumir a los demás. Poco se habla de las conversaciones difíciles, del perdón, de la paciencia y del trabajo diario que requiere sostener un vínculo saludable.
Las investigaciones del psicólogo John Gottman, tras estudiar a miles de parejas durante décadas, revelan que la diferencia entre quienes permanecen unidos y quienes terminan separándose no radica en la ausencia de conflictos, sino en la manera en que los enfrentan. Los vínculos emocionalmente saludables aprenden a reparar el daño, escucharse con respeto y a tratar a otro con la dignidad que se merece.
¡Cuidado con las confusiones!

Otro fenómeno de nuestro tiempo es el uso indiscriminado de etiquetas psicológicas. Hoy pareciera que toda persona egoísta es “narcisista”. Sin embargo, el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, Text Revision (DSM-5-TR) establece criterios clínicos muy específicos para diagnosticar un Trastorno Narcisista de la Personalidad. No toda actitud egocéntrica constituye un trastorno mental. Confundir rasgos de personalidad con diagnósticos puede generar más estigma que comprensión.
Quizá el mayor enemigo de las relaciones modernas no sea el narcisismo ni la tecnología. Tal vez sea nuestra dificultad para mirar hacia adentro y realizar pequeñas acciones que aporten al bienestar de la otra persona. Esperamos que el otro, que funge de espejo nuestro, sane aquello que todavía no hemos tenido el valor de enfrentar.
Desde mi experiencia profesional, pero también desde una mirada espiritual, he aprendido que ese reflejo no siempre muestra quienes somos. Muchas veces muestra aquello que necesitamos transformar. El amor auténtico no llega para completar lo que nos falta, sino para invitarnos a crecer.
La Psicología nos enseña que sanar nuestras heridas modifica la manera en que nos relacionamos. La espiritualidad nos recuerda que cada encuentro humano también es una oportunidad para expandir nuestra conciencia. Cuando ambas dimensiones caminan juntas, dejamos de buscar culpables y comenzamos a asumir responsabilidad por nuestra propia evolución.
El amor que deseo recibir
Tal vez la pregunta idónea sea: ”¿Me estoy convirtiendo en la persona capaz de construir el amor que deseo recibir?” Porque las relaciones más sana existen en el ideal de cada uno, resultan de dos seres humanos que, con humildad, deciden sanar, crecer y amar con mayor conciencia y cultivan la relación cada día.
