Tenía 14 años cuando leí por primera vez el poema que ha sido, será, mi favorito por encima de todos los poemas que había leído, he leído y leeré. Y sí, hablo en futuro, porque cada vez que vuelvo a él, cada vez que lo leo, reitero el hondo sentido de pertenencia, de suelo en los pies, que sus palabras me dieron y que me siguen dando hoy en día luego de un transito de vida en donde he mudado varias yo.
Posiblemente estaba sentada en el comedor de la casa de mi abuelo, o quizás era en la casa de mi abuela. Tenía el texto frente a mí, tal vez incluido en algún libro escolar o a de algún suplemento cultural (en esa época existían). Estaba, está, escrito por una mujer que murió en 1942, en un manicomio, en el cuál, según testimonios de la época, vestía un sayón gris, tenía el pelo cortado al rape y mantenía una mueca de extravío en el rostro, garabateando palabras en las paredes de su celda.
Mi vaso verde. “Mi vaso glauco, pálido y amado, /donde guardo mis flores predilectas, tiene el color de las marinas algas, /tiene el color de la esperanza muerta… Las flores tristes, las dolientes flores en el agua del vaso se refrescan, /y bañan sus corolas pensativas en una blanca idealidad de perlas Y luego se van lejos… se marchitan abandonadas, pálidas, enfermas/muy lejos del cariño de este vaso que es del color de la esperanza muerta. /Y cuando sola, pensativa, herida por la eterna nostalgia, /siento un perfume moribundo, que llega hasta mi alma… /pienso en mis pobres flores las marchitas, las enfermas, dolientes y olvidadas, /que antes de marchitarse se despiden tristísimas y trágicas/ de ese vaso de pálidos reflejos/ que es del color de las marinas algas”.
Altagracia Saviñón tenía 17 años cuando este poema fue publicado en la Cuna de América, en 1903. Nunca publicó un poemario. Además de “Mi vaso verde”, hay otros pocos de sus textos que se pueden conseguir y leer en antologías y algunas publicaciones. Según el médico psiquiatra Antonio Zaglul, Altagracia padeció esquizofrenia.
– Digo que ya no soy escritora.
Me lo dice con una expresión en su rostro que puedo traducir, probablemente de manera equivocada, que es decepción o resignación. La considero mi amiga y nuestra amistad nació en una noche de lectura de poesía, en 2010, durante la Feria Internacional del Libro Santo Domingo. Lo que ella leyó esa noche me encantó. Me regaló uno de sus poemarios y me alegre de leerlo. Lo que decía y como lo decía era para mí, y lo sigue siendo, una manera de decir las cosas que me enseñaba sobre el mecanismo mágico en que una palabra tras otra palabra puede construir no solo belleza, sino taladrar el sentido de la vida para levantar nuevos cimientos.
Así que escucharla decir eso me entristecía, pero guarde mi gesto porque entendía el porqué. Es mi amiga, sé por lo que ha pasado, me ha compartido parte de sus penas y alegrías, sus luchas diarias, esas que van desde levantar unos niños y hacerse cargo de todo, mientras tienes dos trabajos, su decisión emigrar, sus búsquedas, sus decepciones, su constancia en patear cada obstáculo y las huellas que eso le ha dejado. Ese día a día que también reconozco en mí, en muchas, y en donde a veces hay que hacer espacio para lo urgente, para mantener el equilibrio de la subsistencia, del cuidado de otros, de ser sostén para el camino de los hijos.

Pensé en decirle que sigue siendo escritora, que no importa que ya no escriba, que sus libros, que sus poemas y sus cuentos, dan constancia de que siempre será eso que ahora dice no tener cabida en su vida, en los atareos de sus días, que aquella historia de ranas que escribió hace años y que acompañó la salida del mutismo de mi hijo, sigue en mi librero, que aquellos poemas en que me descubrió a la rebeldía ante el “deber ser” que se nos enseña desde que nacemos siguen siendo parte importante de mí.
Pero me contuve. Preferí escucharla, sin plantearle el por qué. Ella manejaba y yo escuchaba. La escuchaba y la atendía. Y sé que sigue escribiendo, aunque no me lo diga, aunque no publique, aunque no se imprima otro libro con su firma, aunque eso que escribe y no publique se pierda, se traspapele, termine en un zafacón, se destine al olvido. Las escritoras nunca dejamos de ser escritoras, aunque ya nadie nos lea, aunque lo reneguemos, aunque nos digan (como me dijeron a mí) que “ya ha pasado mucho tiempo desde tu último libro, ya eres una mujer de más de 40 años”.
***
Trato de tomar nuevamente el sueño, aprovechando que estoy sola en la casa y que tengo varios días levantándome muy temprano. Recibo una llamada.
Me alegro de escuchar la voz. Es un amigo. Me saluda y me dice que me quiere comentar algo que he escrito. Me dispongo a escucharlo. Desde las primeras frases me doy cuenta del tono de sermón, de lección para “enmendarme la plana”. Me empiezo a incomodar y terminó totalmente incómoda y algo enojada cuando le pregunto si leyó todo el artículo y su respuesta es un no. Me confiesa, supongo que, sin ruborizarse, que solo leyó las “tres líneas” con las que publiqué el enlace en el perfil de mis redes sociales.
Tenía cinco minutos criticando un texto que no había leído por “tres líneas”. Lo peor de todo: lo justificaba abrazando su experiencia como filosofo.

No, no podía seguir escuchándolo. Pero se imponía, se quería imponer. Quería hacer valer su punto de vista desde la lectura de “tres líneas”. Estaba cansada, mis últimos “día a día” habían sido agotadores, algo retadores ante una dinámica de verano con un hijo adolescente, con el pensamiento de si había algo cocinado para calentar o había olvidado bajar del refrigerador la carne congelada la noche anterior. Y ahí estaba, enfrentando las palabras de alguien que juzgaba las palabras que había escrito sin leerlas o, mejor dicho, solo leyendo “tres líneas” de un artículo compuesto por alrededor 145 líneas en unos 30 párrafos.
Me despedí con el tono que debía hacerlo, y sugiriéndole que me llamara luego que lo leyera.
No me ha vuelto a llamar.
***
Leí la novela Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, en la época en que leí el poema de Altagracia Saviñón. Es una novela de ficción anclada en un personaje real. Enriquillo, o Enrique Bejo, era taíno y se rebeló contra la corona española alrededor de 1520. Lo que conocemos de su vida está muy envuelta en su mito y la novela de Galván lo convirtió en arquetipo mito histórico que se ha usado con propósitos políticos. Es fácil hacerlo, pues los vestigios taínos en la isla de Santo Domingo son pocos y su historia fue contada por aquellos que colaboraron con la desaparición de su etnia.
Hay una estatua de él está frente al Museo del Hombre Dominicano (aún las mujeres no somos explícitamente nombradas en el nombre del museo). También allí está una estatua de Sebastián Lemba. Esclavo africano en la isla de Santo Domingo, quien al igual que Enriquillo se alzó contra los colonos españoles. Lo hizo alrededor de 1532 (para la época en que la rebelión de Enriquillo ya había menguado). Contrario a Enriquillo, quien murió pocos años después, Lemba no pactó una paz, fue capturado y murió ejecutado, posiblemente entre 1547 y 1548.
De Lemba no hay una novela cumbre que haga una ficción de su vida, ni lo convierta en un mito histórico, un arquetipo relevante para la identidad cultural e histórica dominicana.
Hay iniciativas institucionales para reivindicar nuestro pasado taíno. Existe un centro que educa y conserva el legado taíno, ubicado en la Ciudad Colonial. Existe una excursión arqueológica que busca los restos de Enriquillo. La novela de Galván, creo, se sigue pautando como lectura asignada en bachillerato. Hace años, incluso, me enteré de una cantautora dominicana que interpretaba composiciones con palabras taínas. Juan Luis Guerra grabó una canción con palabras taínas: Naboria Daca Mayanimacana (que podría traducirse como “Siervo soy, no me destruyas”), incluida en su álbum Areito, de 1992.
La lengua taína es una lengua muerta. Ya no se habla. No tuvo alfabeto. Los monjes o sacerdotes que llegaron con los colonos españoles trasladaron lo que escuchaban de ellos y registraron lo que decían fonéticamente a través del castellano. Uno de esos sacerdotes fue Fray Bartolome de las Casas. Una estatua de él está también frente al Museo del Hombre Dominicano, entre Enriquillo y Lemba.
El origen de Lemba es impreciso, pero se atribuye que posiblemente fue miembro de la nación de los lemba. Los lemba son una etnia distribuida en varios países africanos (Sudáfrica, Zimbabue, Malaui, Mozambique). Busco cuál era su lengua y hallo que forman parte de un grupo lingüístico llamado bantú. Este grupo incluye varios idiomas, entre ellas el suajili, de donde se dice que viene la palabra “lemba”. Contrario a la lengua taína, de tradición oral, el suajili tiene una gramática.
Por curiosidad, le pedí a un sistema de inteligencia artificial que me tradujera el poema de Altagracia a esa lengua.
“Kikombe changu cha kijani-kijivu, kilichofifia na kupendwa, ambapo mimi huweka maua yangu ninayoyapenda, kina rangi ya mwani wa baharini, kina rangi ya matumaini yaliyokufa… Maua yenye huzuni, maua yanayoteseka, yanajiburudisha katika maji ya kikombe, na kuoga taji zao zenye mawazo katika weupe bora wa lulu.
Na kisha yanaenda mbali… yananyauka, yameachwa, yamefifia, wagonjwa, mbali sana na upendo wa kikombe hiki ambacho kina rangi ya matumaini yaliyokufa.
Na wakati nikiwa peke yangu, mwenye mawazo, nikiwa nimejeruhiwa na hamu ya milele ya kale, ninahisi harufu inayofifia ikifikia roho yangu… Ninawaza maua yangu maskini yaliyonyauka, yale wagonjwa, yanayoteseka na kusahaulika, ambayo kabla ya kunyauka yanaagana, kwa huzuni kubwa na mkasa, na kikombe hicho chenye mianga iliyofifia ambacho kina rangi ya mwani wa baharini”.
Lo leí en voz alta. Sé que hay equivalencias, no palabras precisas. Las leí en voz alta conociendo el sentido en mi idioma de esas palabras, de ese poema que he leído por muchos años, del sentido de pertenencia que me ha dado una mujer que murió sola, pérdida en un mundo en que probablemente sus palabras eran lo único que tenía sentido, aunque nadie lo supiera, aunque nadie la entendiera, aunque ya no escribiera, aunque su voz estaba encerrada como ella en esa celda.
Pero ella, Altagracia, sigue siendo a través de lo que escribió, de lo que dijo con palabras, que al leerlas en un idioma que no entiendo, pero que existe, también creo que resucita el sentido de aquellos que siguen siendo aunque ya no estén, no se les nombre, no se les reivindiquen.
