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El Cervantes que nunca llegó: Balaguer y Bosch, y la deuda pendiente con las letras dominicanas

Joaquín Balaguer y Juan Bosch fueron, durante casi medio siglo, los polos opuestos de la política dominicana. Se enfrentaron desde trincheras irreconciliables, encarnaron proyectos de nación distintos y hasta antagónicos, y sin embargo compartieron algo que la historia rara vez concede a los rivales: en 1990 recibieron juntos el Premio Nacional de Literatura, la primera vez que ese galardón se otorgó a dos escritores simultáneamente.

Murieron con apenas un año de diferencia —Bosch en 2001, Balaguer en 2002— sin haber recibido el reconocimiento más alto que puede aspirar un autor en lengua castellana: el Premio Cervantes. Entiendo que ambos lo merecieron, y que su ausencia en el palmarés del premio es una deuda de las letras hispánicas con el Caribe.

Conviene argumentar y no obviar desde el principio: que las bases del Cervantes prohíben expresamente conceder el premio a autores fallecidos. El fallo se anuncia en diciembre y la entrega ocurre el 23 de abril siguiente; si el autor muere en ese intervalo, el premio se declara desierto. En cincuenta años de historia, esa norma no se ha modificado nunca. Un “Cervantes póstumo” para Balaguer y Bosch sería, por tanto, un acto excepcional sin precedente directo. Pero la ausencia de un mecanismo no invalida el mérito, y es ese mérito —literario, no político— el que este ensayo se propone examinar.

El maestro Juan Emilio Bosch Gaviño es, para buena parte de la crítica, el precursor y el máximo exponente del cuento dominicano. Su obra narrativa puede leerse como un mapa de su propia biografía errante: antes del exilio, entre 1933 y 1938, publicó en la República Dominicana bajo la sombra de Trujillo colecciones como La Mujer, Camino Real y La Mañosa; durante el exilio, entre 1938 y 1962, repartido entre Venezuela, Cuba y Puerto Rico, escribió Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio; y a su retorno, ya inmerso en la vida política dominicana, siguió produciendo relatos como los reunidos en Cuentos de Navidad.

Su pieza más célebre es probablemente “Dos pesos de agua” (1937), la historia de Remigia, una anciana que se resiste a abandonar Paso Hondo durante una sequía devastadora mientras el resto del pueblo emigra. Remigia gasta dos pesos —una suma considerable para su pobreza— en velas a las ánimas benditas, rogando por lluvia. Cuando la lluvia finalmente llega, lo hace como un torrente que arrasa lo poco que quedaba. El cuento condensa en pocas páginas una crítica social afilada, una ironía trágica de raíz casi bíblica —la plegaria es escuchada, pero con un castigo disfrazado de respuesta— y una prosa de una economía admirable, sin un adjetivo de más. Otro relato fundamental, “La mujer”, desplaza el foco hacia las dinámicas de género: una mujer maltratada se enfrenta a un hombre poderoso y corrupto, y el cuento se convierte en denuncia de la violencia doméstica como expresión de desigualdades estructurales mucho más amplias.

Bosch no fue solo narrador. En Apuntes sobre el arte de escribir cuentos y en su Teoría del cuento desarrolló una reflexión sistemática sobre el género, entendido como forma narrativa autónoma, con leyes propias de condensación e intensidad, distinta de la novela. Esa doble condición —practicante y teórico— lo sitúa en una posición singular dentro de la narrativa breve latinoamericana, y explica por qué su obra ha sido objeto de tesis en universidades españolas, entre ellas la Universidad de Salamanca, que en 2021 dedicó un trabajo de fin de grado a su concepción social y cultural del cuento.

Frente a la concentración del cuentista Bosch en el relato breve, Balaguer representa el ensayista total, la dispersión fecunda del polígrafo. Publicó más de setenta libros —para 1970 ya sumaba veinticuatro— repartidos entre poesía, ensayo, historia, crítica literaria, discursos y biografía. Su poesía se extiende desde Salmos paganos y Claro de Luna, ambos de 1922, hasta Poemario, publicado el mismo año de su muerte, pasando por títulos como Cruces iluminadas y La venda transparente. Pero es en el ensayo donde su aportación resulta más sólida: Nociones de métrica castellana, Heredia, verbo de la libertad, Letras dominicanas, Los próceres escritores, Colón, precursor literario, y dos libros de tono más íntimo y polémico, Memorias de un cortesano en la Era de Trujillo y España infinita.

La obra que mejor resume su proyecto es Historia de la literatura dominicana, publicada en 1944 y distinguida en 1956 con el Premio Nacional de Obras Didácticas. Durante décadas fue el texto oficial de literatura en el cuarto año de bachillerato dominicano, lo que le dio una influencia formativa difícil de igualar. Es también un libro discutido: arranca presentando a Cristóbal Colón como “primer escritor dominicano”, una decisión que críticos posteriores han calificado sin rodeos de mentira histórica. Aun así, su valor perdura por tres razones: fue la primera sistematización orgánica de las letras dominicanas, revela una erudición hispánica y caribeña verdaderamente abrumadora, y está escrita con una prosa que combina el rigor académico con una elegancia poco frecuente en textos didácticos.

A esa obra se suma lo que la crítica dominicana ha llamado su “tendencia retórica”: una forma de análisis literario nutrida en la retórica clásica, atenta a la métrica y la prosodia, que entiende la elocuencia como valor estético en sí mismo y que tiende puentes constantes entre la literatura dominicana y la tradición hispánica universal. Sus textos autobiográficos y políticos, en particular Memorias de un cortesano en la Era de Trujillo y La isla al revés, aportan además un testimonio histórico de primer orden sobre la cultura política dominicana del siglo XX, más allá de las lecturas polémicas que suscita su cercanía al trujillato.

Dos caras de una misma lengua

Puestos uno junto al otro, Bosch y Balaguer se revelan como figuras complementarias antes que comparables. Bosch cultivó el cuento y lo teorizó como género autónomo; Balaguer cultivó el ensayo y sistematizó la historia literaria de su país. Bosch alcanzó proyección continental, comparado a menudo con Rulfo, Cortázar o García Márquez; Balaguer tuvo una influencia sobre todo nacional, aunque tendida hacia la tradición hispánica. La prosa de Bosch es impecable por su economía y su intensidad dramática; la de Balaguer, por su erudición y su retórica clásica. Bosch denunció la pobreza y la opresión de género; Balaguer reflexionó sobre la identidad nacional y la memoria histórica. Y sin embargo ambos comparten el mismo Premio Nacional de Literatura de 1990, y ambos dejaron una obra que sigue viva en las aulas y en la crítica académica: Bosch como objeto de tesis doctorales en España, Balaguer como texto escolar durante décadas y como centro de debates historiográficos que no han cesado.

En ese sentido, surge la interrogante oportuna y necesaria: ¿Por qué merecerían un Cervantes extraordinario?

Entiendo, existen al menos cuatro razones para sostener que ambos autores merecen una consideración cervantina excepcional. La primera es su contribución a la lengua española: Bosch aportó una prosa narrativa depurada, modelo de economía expresiva dentro del cuento latinoamericano; Balaguer, un ensayo erudito capaz de conectar la retórica hispánica con la realidad caribeña. La segunda es su proyección transatlántica: el Cervantes premia la obra escrita en lengua castellana sin restricción geográfica, y ambos representan la rama caribeña de esa lengua, con vínculos concretos con España —Balaguer vivió y estudió allí; Bosch encontró en España parte de su reconocimiento y de su exilio—.

La tercera razón es simbólica: premiarlos juntos, como ya ocurrió ex aequo con Borges y Gerardo Diego en 1979, representaría la unidad en la diversidad del mundo hispánico y la reconciliación literaria de dos rivales políticos, en un gesto comparable —aunque no idéntico— al doble reconocimiento que el tiempo terminó dando a García Márquez y Vargas Llosa. La cuarta es que el propio premio ya ha mostrado flexibilidad en el pasado: el precedente de 1979 demuestra que el jurado puede apartarse de la fórmula de un único ganador cuando el mérito lo justifica.

En 1995, José Rafael Lantigua recogió en su libro El oficio de la palabra una entrevista que le había hecho a Juan Bosch en 1990 (Lantigua, 1995, pp. 57-66), entrevista que luego fue incluida en las obras completas del autor (Bosch, 2009a, pp. 529-538). En ese diálogo, Bosch comenta un viaje reciente a España en el que visitó a su amiga María Zambrano, ganadora del Premio Cervantes en 1988. Relata que la amistad entre ambos databa de 1939, cuando se conocieron en Cuba, y que Zambrano había sido madrina de su boda con doña Carmen. Bosch añade que, al pedírsele a Zambrano tres nombres para el Premio Cervantes, ella lo propuso a él en primer lugar, seguido de un filósofo español y una poeta cubana (Bosch, 2009a, pp. 534-535). Este testimonio deja ver el alto concepto que Zambrano tenía de la obra narrativa de Bosch, al punto de postularlo para tan importante distinción.

Las bases de dicho premio exigen que los candidatos sean propuestos por la Real Academia Española (RAE), las Academias de la Lengua de Hispanoamérica (como la Academia Dominicana de la Lengua), los ganadores de ediciones anteriores o instituciones culturales de prestigio. Balaguer perteneció a la Academia Dominicana de la Lengua, por lo que válidamente puede ser propuesto por ella; sin obviar a Bosch, reconociendo también sus méritos de escritor prolífico de la lengua española.

A este planteamiento, caben atender a tres objeciones razonables. La primera es normativa: las bases prohíben expresamente los premios póstumos. Es cierto, pero esas bases las fija el Ministerio de Cultura de España, que tiene la potestad de introducir excepciones para casos de mérito sobresaliente, como ya hizo con el premio compartido de 1979. La segunda objeción es que se trataría de un interés principalmente nacional, no universal. Sin embargo, la obra de Bosch ya es objeto de estudio en universidades españolas y se compara habitualmente con la de los grandes cuentistas latinoamericanos, mientras que Balaguer, aun con un alcance más doméstico, construyó un puente metodológico entre el Caribe y la tradición literaria peninsular. La tercera objeción, más delicada, señala la cercanía de Balaguer al trujillato. Aquí conviene distinguir con claridad entre la trayectoria política de un autor y el valor de su obra literaria: Memorias de un cortesano es, de hecho, un ejercicio de autocrítica y testimonio histórico que no rehúye esa sombra. Y conviene recordar, de paso, que tampoco Bosch estuvo libre de complejidades políticas, entre el exilio prolongado y una presidencia derrocada en 1963.

En síntesis, tanto Bosch como Balaguer son dos caras complementarias de la literatura dominicana escrita en español: el narrador breve frente al ensayista total, el teórico del cuento frente al historiador literario, el denunciante de injusticias sociales frente al erudito que tiende puentes entre el Caribe y la tradición hispánica. Las bases actuales del Premio Cervantes impiden, en la práctica, cualquier reconocimiento póstumo. Pero el mérito literario de ambos —sostenido por la crítica académica, por la vigencia de sus obras en la enseñanza y la investigación, y por su lugar en la historia de las letras dominicanas— justifica que se los recuerde, y se los reivindique, como candidatos legítimos a un galardón que la muerte, no la calidad de su obra, les negó.

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