Presidente, cuando usted se compromete públicamente con la sociedad a resolver un problema, ¿por qué entonces se pierde la fe? ¿Por qué se desvanece el impulso con el que usted hablaba durante la campaña electoral?
Y no lo digo con ánimo de reproche, sino como aquel que aún cree. Así como la mujer del pasaje bíblico, que durante doce años sufrió hemorragias sin encontrar cura, y aún así mantuvo su fe, yo soy de los que todavía cree que usted puede encarar y resolver el tema migratorio en este país.
Por eso, quiero que el pueblo dominicano vea lo que usted decía en campaña. Recuerdo bien aquella entrevista con Guillermo Gómez —quien ha tenido que enfrentar múltiples situaciones difíciles— y a quien hoy, tristemente, muchos del PRM le pagan con olvido. Así de sencillo.
En ese diálogo, cuando se le preguntó sobre la inmigración, quedó en evidencia algo grave: detener una obra irregular puede costarle el puesto a un director de Migración. ¿Por qué? Porque muchas de esas construcciones utilizan mano de obra haitiana ilegal. Y mientras no tengamos la voluntad de quitarnos la careta y enfrentar esa realidad, seguiremos en lo mismo: discursos bonitos, pero sin acciones coherentes.
Este fin de semana despedimos a un gran amigo, el ingeniero Me Empiña Soriano, con quien compartí más de 25 años de historia personal y profesional. Estuvimos presentes en su última hora santa del novenario, celebrada el pasado sábado en Santo Norte, y el periódico El Democrático le dedicó una página especial, resaltando pinceladas de su legado, de su vida de trabajo, de su nobleza.
¿Por qué es importante recordar esto? Porque en la vida lo verdaderamente valioso es dejar huellas positivas. Que yo me desplazara hasta Villa Mella, acompañado de un grupo de abogados que también le conocieron y apreciaron, fue una muestra de respeto y valor personal. Y esa mirada suya, firme y determinada, hoy yo la siento proyectada al firmamento celestial.
A quienes le arrebataron la vida, les digo: así como él miraba con determinación desde la tierra, hoy lo hará desde el cielo. Mirará a sus cinco hijos huérfanos, a su esposa Leonela, a sus padres destrozados por el dolor… y esperará justicia.
Desde este espacio hago un llamado directo a la procuradora Yeni Berenice y al director de la Policía Nacional: este crimen no puede quedar en el silencio. La memoria del ingeniero Me Empiña Soriano exige justicia. No solo por su familia, sino por el país que necesita creer que todavía hay ley, orden y respeto por la vida humana.
