En términos generales, un Estado que carece de libertad se convierte, inevitablemente, en una dictadura. Y cuando analizamos los fundamentos filosóficos de la libertad, encontramos en John Locke una figura clave que captó y expresó estas ideas a través de su pensamiento y su influencia en los procesos políticos de su tiempo. Como bien señaló la Licda. Surelis Made, Locke reflexionó profundamente sobre la experiencia humana y el desarrollo del individuo como ente racional y libre.
Locke parte de la premisa de que el ser humano nace como una tabula rasa, una hoja en blanco, que se va moldeando con el paso del tiempo, la educación y la experiencia. Desde esa concepción, su filosofía influyó poderosamente en tres grandes revoluciones de la historia moderna: primero en la Revolución Inglesa, después en la Revolución Francesa, y antes de ambas, en la revolución que condujo a la independencia de los Estados Unidos en 1776.
¿Y cuál es el hilo conductor entre estas tres gestas? La defensa de los principios libertarios: la legalidad, el respeto a los procedimientos, el equilibrio de poderes, y la protección de los derechos individuales. Porque cuando un presidente —por poderoso que sea— actúa violando los procedimientos establecidos por la Constitución y las leyes, se desnaturaliza la institucionalidad. Entonces ya no estamos hablando de gobernabilidad, sino de arbitrariedad. Y cuando la arbitrariedad se impone, lo que nace es la tiranía.
Cada vez que se sustituye un procedimiento por una treta, se daña la democracia. La treta se convierte en hábito, y el hábito en sistema. De ahí la importancia de vigilar los procedimientos, no solo en lo formal, sino también en lo ético. Porque respetar los procedimientos es la garantía de que el poder no se desborde ni se vuelva contra el pueblo que lo ha delegado.
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