Hay experiencias que, por su profundidad humana y su valor simbólico, uno siente la obligación moral de compartir. Pero cuando esas vivencias están vinculadas a la historia familiar, al reencuentro de generaciones y al ejercicio consciente de la gratitud, el deseo de narrarlas se convierte en un compromiso aún mayor.
El pasado fin de semana tuvimos la oportunidad de participar en un emotivo y significativo encuentro familiar, organizado de manera ejemplar por Jordania Leger, en las instalaciones del hotel Barceló Palace Punta Cana. Un espacio que, durante cuatro días, se transformó en escenario de convivencia, diálogo, recuerdos compartidos y construcción de nuevos lazos entre familiares y amigos provenientes de distintas latitudes.
El tema de la familia siempre resulta profundamente interesante, sobre todo cuando reflexionamos con honestidad sobre cómo solemos relacionarnos con ella. Con frecuencia, los encuentros familiares quedan reducidos a fechas muy específicas: celebraciones de fin de año, cumpleaños aislados o, lamentablemente, momentos marcados por el dolor, como la pérdida de un ser querido, incluso hasta el último día de la vela. Rara vez nos detenemos a crear espacios deliberados para celebrar la vida en común, sin que medie la tristeza.
Por eso considero justo y necesario felicitar a Jordania Leger, quien asumió con sensibilidad y visión la organización de este evento, logrando reunir a 28 miembros de distintas familias, unidos no por la tristeza, sino por la alegría de estar vivos y juntos. Como ella misma expresó, el objetivo era crear un escenario desligado del dolor, un espacio donde la memoria, el afecto y la celebración ocuparan el centro del encuentro.
Entre los participantes estuvieron Fausto Funes, Jordania Leger, Jamila Funes, Marlene Camarena, Jorge Carías, Mercedes, Francisco, Víctor Raúl, Deomedes Olivares, mi hijo Sebastián y mi esposa Carmen Rivera, entre otras valiosas personas que aportaron su presencia, su historia y su energía a este significativo compartir. En medio de una conversación informal, le comentaba a Jordania que este tipo de iniciativas deberían proyectarse aún más, de modo que en el futuro puedan integrarse familiares y allegados de los cinco continentes, fortaleciendo una verdadera red de vínculos humanos.
Durante los cuatro días de convivencia se fueron proyectando imágenes de los distintos momentos vividos, recordándonos que, en esencia, la vida es eso: compartir en vida. Compartir miradas, palabras, silencios, risas, anécdotas y recuerdos que, de no ser vividos a tiempo, se pierden irremediablemente. Incluso le manifesté mi interés de integrarme nuevamente a este encuentro en una próxima edición, ya sea el próximo año o en el 2027, como parte de un compromiso personal con este tipo de iniciativas.

Al encuentro asistieron familiares y amigos provenientes de El Salvador, Chile, Perú, Panamá y Estados Unidos, así como de diferentes estados y regiones, junto a toda mi familia. Esa diversidad geográfica y cultural enriqueció aún más la experiencia, convirtiendo el evento en un momento verdaderamente histórico, vivido en un ambiente de respeto, alegría y profunda conexión humana.
Este tipo de encuentros nos deja una lección clara: en la cotidianidad estamos inmersos en múltiples actividades, responsabilidades y compromisos, pero casi nunca encontramos tiempo para compartir de manera auténtica con la familia. Y, en muchas ocasiones, cuando finalmente decidimos hacerlo, ya es demasiado tarde: la familia ya no está completa.
Por eso, encuentros como este no solo deben celebrarse, sino también promoverse y replicarse. Son recordatorios necesarios de que el afecto, la memoria y la unión familiar no deben postergarse. La familia, al final, es el primer espacio donde aprendemos a amar, a perdonar y a reconocernos como seres humanos. Celebrarla en vida es, sin duda, uno de los actos más nobles que podemos realizar.
