Ocho de la noche. Jueves 9 de abril de 2026. Tres mujeres rodean a otra mujer, que cabizbaja aprieta contra su pecho un cuadro con una foto. Frente a ella, una de las mujeres levanta su mano derecha y, con los ojos cerrados, empieza a mover los labios. Estoy lejos para escuchar lo que dice. La otra mujer, a su izquierda, imita el gesto, mientras la tercera, a la derecha, mantiene una de sus manos sobre el hombro de la señora que abraza la foto. Como sus compañeras también mueve los labios, con la cabeza baja y los ojos cerrados. No veo el rostro de la señora que abraza el cuadro. Ella está dando la espalda hacia el lugar donde estoy sentada. Tiene la cabeza agachada, bajo la sombra de la mano de la otra mujer que mueve los labios en una plegaria que no escucho.
A los pocos minutos, todas levantan las cabezas. Conversan con la señora, que libera uno de los brazos que sostiene el cuadro con la foto contra su pecho, para retirar las lágrimas de su rostro. Otras personas cruzan la escena, las miran, se acercan, saludan o solo miran por un instante para después recorrer las fotos y letreros, iluminados por velas y velones, que están detrás del pequeño grupo de mujeres que empiezan a despedirse, abrazando, una a una, a la señora que sostiene la foto contra su pecho.
De fondo, se distingue la silueta de una estructura pintada de negro que es engañosa. La fachada de la discoteca Jet Set, vista desde mi ángulo, (sentada en un bajo muro, que es parte de la isleta que separa la avenida Independencia, a la altura del kilómetro 6 y medio, en el suroeste del Distrito Nacional de Santo Domingo) no muestra el estropicio que oculta desde hace un año y un día. No parece contener detrás de sus muros, de los policías que la custodian y de la cinta de precinto que advierte a la gente no acercarse, la sombra de los escombros que terminaron con la vida de 236 personas, cuando su techo se desplomó durante una madrugada de fiesta.
Un ruido me quita la atención. Están desmotando las vigas de metal que sostienen una de las carpas bajo la cual, hace casi tres horas, decenas de personas se reunieron en la segunda misa que se celebró ese día en recordatorio por el primer aniversario de esas muertes. Me muevo, alejándome unos centímetros. Vuelvo la mirada al frente. El pequeño grupo ya no está.
Concentró la atención en unos carteles blancos, amarrados a los tubos de unas vallas metálicas de seguridad. Cada cartel tiene una foto (menos dos), y cada cartel tiene un corazón hecho de barro, y en cada corazón de barro están escrito los nombres y edades de las decenas de víctimas del derrumbe del techo. Es una especie de exposición realizada por una artista plástica, Iris Pérez, que tapa gran parte del montaje hecho por quienes perdieron a padres, hijos, hermanos, hermanas, amigos, amigas, el de las fotos con mensajes, rodeadas de flores y velones, que se empezó a gestar tres días después del derrumbe.
“Memoria y sanación en la zona 0”, se lee en un letrero que indica el título de la exposición. “Luz, paz, justicia” está escrito en uno de los corazones de barro.
Dos horas y media antes.
Cinco y media de la tarde. Es un día caluroso. La segunda misa por el primer aniversario del trágico derrumbe está presidida por el monseñor Carlos Tomás Morel Diplán, nombrado en noviembre arzobispo coadjutor, y quien ha sustituido en sus funciones al monseñor Francisco Ozoria Acosta, el arzobispo de Santo Domingo, que no asistió al acto religioso (se ha dicho que el cambio se debe a temas de “administración”).
Esta misa y todas las demás actividades de recordación por los fallecidos en el Jet Set debieron celebrarse el día anterior, el miércoles 8. Pero ese día llovió durante toda la madrugada y las primeras horas de la mañana, dejando zonas de la ciudad inundadas, el entorpecimiento de la actividad diaria, una niña de un año y ocho meses fallecida, aplastada bajo el peso de una pared de su casa mientras dormía, y un hombre desaparecido, cuyo cadáver fue encontrado en una cañada.
Mientras monseñor Morel Diplán habla de justicia dilatada y de la indignación por el dolor, sin nombres ni detalles, y la mayoría le escucha a espaldas de las ruinas de Jet Set, otros pequeños gestos del caos se desarrollan en paralelo.
Fuera de los límites de las sillas blancas y las carpas, caminan y conversan algunos periodistas. Un grupo de personas se agrupan aparte, vestidos todos con camisetas negras con una foto impresa sobre la tela, en la parte delantera, de tres mujeres, cuyos nombres están impresos en la parte de atrás con un mensaje: “Sus alas estaban listas pero nuestros corazones no, descansen en paz. Elaine, Nidia y Melissa”. Una chica, a mi lado, se recuesta en una de las vigas de metal de la carpa, forrada con una tela blanca, sosteniendo una foto. Llora.
La presencia única del intenso y mustio perfume de los gladiolos, las astromelias y las rosas colocadas en el memorial de fotos y letreros empieza a degradarse ante otro olor, una corriente nauseabunda de la que se desconoce el origen hasta que algunos apuntan a un señor con vendajes en sus piernas.
“Pobre hombre”. “Pero, ¿anda solo? ¿Nadie lo acompaña?”. “Pero que alguien lo lleve a la ambulancia del 911”. Son los murmullos que se intercambian. Otro hombre a su lado, se retira y saca una botella de agua con la que pretenden combatir el origen del mal olor, que proviene del hombre de las piernas vendadas.
-¡No, no haga eso!
El grito de advertencia llama la atención de algunos que, en las últimas filas, estaba atentos a la ceremonia. El señor, vestido con ropas gastadas, trata de hacer algo que no puede, recoger lo derramado. Dos policías municipales se acercan, con distancia suficiente para no ensuciarse, lo toman de los brazos y lo guían fuera del tramo cerrado de la avenida. Algunas personas cercanas a la silla que queda sucia y vacía se mueven para alejarse de ese punto, hasta que minutos después llega un personal de limpieza con uniformes de la Alcaldía del Distrito Nacional, recogen lo que pueden y echan tierra sobre el resto.
Los únicos que no se alejaron de la zona fue una pareja. Un hombre y una mujer. Ambos están sentados en un bajo muro, parte de la isleta que separa la avenida Independencia, junto a una de las vigas de metal que sostiene una de las carpas, alejados del núcleo de las sillas, de la ceremonia, de las plegarias. Siguen con la mirada desinteresada en lo que pasa, en silencio. Cuando el olor nauseabundo se disipa, siguen ahí, con los ojos fijos al frente, al lugar que ahora la mayoría da la espalda. Parecen estar centrados en un punto fijo.
Antes de finalizar la misa, presentan al actor, productor y activista político-religioso mexicano Eduardo Verástegui. Su presencia pone en atención a varios reporteros y parece generar extrañeza entre algunas personas.
“Que donde hubo muerte haya vida, que donde hubo oscuridad encendamos la luz”, dice al momento de anunciar que ha donado 100 mil dólares para la construcción de una capilla dedicada a la Virgen de los Dolores en los terrenos en los que aún se encuentran de pie la fachada de la derrumbada discoteca. Se escuchan aplausos.
Es posible que la materialización de esa propuesta deba enfrentar varios obstáculos. El terreno junto con lo que queda de la estructura de Jet Set sigue siendo propiedad privada. Tanto peso tiene esta realidad, que un día después de las palabras de Verástegui, se empezó a realizar un peritaje a cargo de sus dueños, luego de ser autorizados por un juez.

Los expertos encargados por los dueños del local entraron a revisar el espacio vacío dejado luego de que gran parte de los escombros del techo que aplastó a decenas de personas fueran removidos hace once meses. Una parte fueron llevados a un terreno de la Feria Ganadera, en la autopista 30 de Mayo, a unos 1.3 kilómetros de distancia; y otra, trasladados días después del derrumbe a unos terrenos en la provincia de Santiago, a unos 172 kilómetros. De los de Santiago, las autoridades lo atribuyeron a un error, un despiste, en el traslado hecho por una empresa constructora. Se supone que fueron llevados después a la Feria Ganadera.
“Hoy, en este dolor marcado por el sufrimiento, quiero proponer algo que nace desde lo más profundo del alma, desde lo más profundo de mi corazón, que este lugar no se quede como símbolo de tragedia, que no sea recordado solo por la oscuridad, que lo transformemos”, justificó Verástegui, quien el pasado 7 de marzo anunció su retiro de la política mexicana tras fracasar en sus intentos de ser candidato presidencial independiente y luego de retractar su apoyo ideológico político al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por las expresiones del mandatario estadounidense en torno a Irán.
Los reportes de prensa dicen que llegó a la misa acompañado de la embajadora de Estados Unidos en República Dominicana, Leah Francis Campos.
Ningún funcionario dominicano, ni dirigente político, fuera de oposición o del partido político en el gobierno estuvo presente. Tampoco ningún artista o cantante dominicano, a pesar de que uno de los fallecidos fue el merenguero Rubby Pérez, quien amenizaba la fiesta la madrugada en que el techo de Jet Set se vino abajo.
“La fe nos dé serenidad en medio de lo que no entendemos y que nunca nos falte la fuerza para seguir caminando”, expresó una joven acompañada de otros familiares, como parte de un mensaje final antes de concluir con el acto religioso. Tras la bendición de monseñor Morel, empieza la dispersión. “Por respeto a las víctimas, no quiero ofrecer declaraciones”, dijo la embajadora Campos en algún momento ante de salir custodiada del lugar hacia su vehículo, esquivando cualquier otra interacción.
La pareja de jóvenes, sentados en el muro de la división de la avenida, parecen abstraídos de todo el paisaje. Entrecruzan los brazos en sus espaldas, parecen hablar entre ellos. Observan con actitud distraída. La chica a mi lado, que lloraba durante la misa con una foto entre sus brazos, conversa con otra mujer que minutos antes la abrazó para consolarla.
Algunos se van. La mayoría voltea a sus espaldas y se dirige al memorial frente a la negra silueta del Jet Set. Colocan flores que aún conservan la efimera vistosidad que permanece en ellas tras ser cortadas, encienden velones apagados, lloran, murmuran nombres y frases de cariño entre sollozos, cambian retratos desgastados por otro recién impresos, se abrazan, se saludan, buscan la presencia de quienes recuerdan entre los 236 nombres impresos en dos grandes pancartas blancas, caminan entre el angosto pasillo entre la exposición de los corazones de barro de una artista plástica y el pequeño muro de la entrada de la desaparecida discoteca en el que desde el 11 de abril de 2025 empezaron a colocar velones y fotos. Algunos dan declaraciones a los periodistas, otros parecen huir de esa atención.
Alguien coloca una corona de flores blancas y rosadas que antes decoraba la tarima en que estuvieron los obispos y sacerdotes. Se suma a otras tres que están ahí, dos de ellas identificadas como tributo de la Alcaldía del Distrito Nacional a dos de sus empleados fallecidos la madrugada del 8 de abril de 2025, Bianca Reyes y Christian Tejeda, este último director de Infraestructura Urbana de este cabildo. La tercera también tiene una dedicatoria, pero general, a todos los fallecidos, rubricada con un nombre, Dio Astacio, alcalde de Santo Domingo Este.
Camino de un lado a otro. Mientras las empleadas de limpieza de la alcaldía barren los montones de botellas plásticas de los contenes, entre las sillas, entre la gente. Reconozco a Rafael Navarro. Su hija Mariela murió 24 días después del derrumbe, debido a los traumas en su cuerpo. Ha sido un rostro permanente en los noticiarios. Muchos lo reconocen y se acercan, lo saludan, lo abrazan, le ponen micrófonos.
“Estoy dispuesto a que me llenen de plomo, pero no lo voy a dejar así”, vocifero indignado, y casi al borde de un ataque de nervios, en la audiencia del lunes, en la que se instrumentan el caso contra los propietarios de Jet Set y en la cual se autorizó el “contra peritaje” ante el ya hecho por las autoridades en la estructura derrumbada de su discoteca. Pero este día don Rafael está tranquilo. Recibe los saludos de apoyo, devuelven sonrisas.
-Aquí los quiero todos los días ocho. No podemos soltar esto.
Escucho lo que le dice a un grupo de personas que asienten de manera afirmativa a su insistente convocatoria.
Los dos jóvenes sentados en el muro divisorio de la avenida se ponen de pie y se acercan al memorial. Se agachan justo en el punto en que su atención estuvo puesta durante casi hora y media. Ella extendió en su mano derecha una foto, ambos sollozan. Unos instantes después, se ponen de pie sin dejar de tener los brazos entrelazados, sin dejar de sollozar. No dicen nada, no saludan a nadie. Nadie los saluda. Nadie los despide.
Los recuerdo dos horas después de que se marcharan, sentada donde estaban sentados, mirando donde estaban mirando, sin saber en cuál de todas las fotos tuvieron puestos sus ojos, en medio de los vaivenes, de las palabras sobre injusticia tardía, de la propuesta de una capilla y los aplausos por ella, de los periodistas que esperaban para preguntar, del hombre de las piernas vendadas y su rota bolsa de colostomía, del paso de la embajadora custodiada.
Los recuerdo hoy, un año y cuatro días después, mientras escribo y pienso en la fachada pintada de negro de Jet Set, sin las tarimas, sin las sillas blancas, sin las carpas, sin los periodistas, en un punto de una avenida en el que ahora transitan los vehículos, caminan personas y la bulliciosa cotidianidad sigue adelante ante las velas apagadas, las flores marchitas, las fotos con los rostros acariciados y extrañados por otros, de los 236 nombres impresos en las laminas blancas, debajo del letrero con el anuncio de la última fiesta con un final abrupto bajo el colapso de un techo derrumbado.
