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Dr. Deomedes Olivares analiza la caída de Noriega y traza paralelos con Venezuela y los regímenes autoritarios actuales

El Dr. Deomedes Olivares reflexiona sobre la caída definitiva del general Manuel Antonio Noriega, ocurrida el 3 de enero de 1990 tras la intervención militar de Estados Unidos en Panamá, conocida como la Operación Causa Justa. A su juicio, la historia de Noriega representa un patrón recurrente en los regímenes autoritarios: el aislamiento progresivo del poder, la desconexión con la realidad y el colapso inevitable.

Noriega, señala Olivares, terminó convertido en un “toro encerrado”, incapaz de escuchar voces distintas a las de su entorno más cercano. Esa condición, común a la mayoría de los dictadores, los lleva a perder contacto con su pueblo, a ignorar las consecuencias de sus decisiones y a gobernar desde una burbuja de poder que finalmente se rompe.

Durante años, Noriega fue un aliado estratégico de Estados Unidos, especialmente en el contexto de la Guerra Fría, a través de su relación con la CIA. Panamá ocupaba una posición geopolítica clave por el Canal, y Noriega supo aprovechar esa ventaja para consolidar influencia regional. Sin embargo, cuando su conducta dejó de ser funcional a los intereses estadounidenses —por acusaciones de narcotráfico, violaciones a los derechos humanos y manipulación electoral—, la alianza se rompió y su poder comenzó a desmoronarse.

Olivares recuerda que este proceso se aceleró tras la muerte del general Omar Torrijos en 1981, un líder con una visión nacionalista distinta, artífice de los tratados Torrijos-Carter que devolvieron el Canal a Panamá. El vacío de poder dejado por Torrijos fue ocupado por Noriega, primero desde las sombras y luego como hombre fuerte del país, aunque sin legitimidad democrática. Su final fue conocido: refugio en la Nunciatura Apostólica, captura, traslado a Estados Unidos, juicio y condena.

A partir de este antecedente histórico, el Dr. Olivares plantea una pregunta central: ¿cuál es el capítulo que viene para Venezuela? Sostiene que los regímenes autoritarios insisten en proyectar una imagen de normalidad, como ocurre en Venezuela, Cuba y Nicaragua, mientras millones de ciudadanos viven salarios de miseria, la empresa privada ha sido destruida y grandes diásporas se han visto obligadas a abandonar sus países.

Para Olivares, la reconstrucción de Venezuela es inevitable y debe partir de principios claros: no comprometer recursos que no existen, rescatar el pensamiento de Juan Pablo Duarte, José Martí, Salvador Allende y Abraham Lincoln, y desmontar una maquinaria de poder que, tras más de tres décadas, no ha producido bienestar ni desarrollo. “El resultado solo lo da un punto estratégico bien definido”, afirma.

El analista también se refiere al uso del teatro y la tecnología como herramientas de comunicación política, citando producciones audiovisuales donde líderes autoritarios aparecen como espectadores pasivos, mientras el mundo observa cómo sus contradicciones quedan expuestas. A su entender, el caso venezolano ha dejado de ser un asunto silenciado: hoy está bajo la mirada permanente de la comunidad internacional.

En ese contexto, Olivares retoma el legado de Hugo Chávez y subraya que la expropiación masiva de empresas privadas marcó el inicio de la desaparición de la seguridad jurídica en Venezuela. La destrucción del aparato productivo, advierte, no genera justicia social, sino pobreza, dependencia del Estado y colapso económico, como lo demuestra la realidad actual del país.

El Dr. Olivares valora, además, la posición firme del Gobierno dominicano, encabezado por el presidente Luis Abinader, al reiterar su respaldo a la democracia en Venezuela y su desconocimiento de la legitimidad de Nicolás Maduro tras las elecciones de julio de 2024. Destaca la Declaración de Santo Domingo como un gesto coherente con la defensa regional de los valores democráticos.

Finalmente, Olivares señala el caso de Singapur como ejemplo histórico de reconstrucción exitosa: un país sin recursos naturales que, mediante planificación estratégica, meritocracia y orden institucional, se convirtió en potencia mundial. A su juicio, Venezuela podría aspirar a un modelo similar si se produce un cambio real de sistema. “Una Venezuela fuerte, moderna y próspera no es una utopía; es una decisión política”, concluye.

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