“Ha sido tradición en México, desde la Revolución Mexicana de 1910, el ejercicio desde el poder de un discurso antiyanqui. Antiyanqui, no propiamente antiimperialista. La mayoría de los gobernantes mexicanos, desde la Revolución hasta nuestros días, han mantenido una postura homogénea en ese sentido.
El pueblo mexicano, en general, no simpatiza demasiado con los estadounidenses. No es que no quiera saber de ellos, sino que debe aceptarlos: son sus vecinos inmediatos y un aliado importante en muchos aspectos. Sin embargo, la idiosincrasia mexicana nunca ha aceptado al imperio norteamericano. De manera que, racionalmente, ha existido un rechazo sistemático al ejercicio del imperialismo en México”.
