Recibo un mensaje de un perfil restringido en Facebook. La persona que me contacta me dice que tiene que hablar conmigo para tratar sobre algo que escribí, sin ofrecerme ningún otro detalle. Me pide un contacto telefónico. Dudo en responder. ¿Y si es alguna especie de estafa? ¿Cuál es el texto del que me quiere hablar?
Escribo y borro tres mensajes de respuesta que no envíe. Por fin, me decido a pedirle su número de contacto. Si tanto interés tiene, me lo enviará. En menos de una hora me respondió. Agregué el número al WhatsApp. Le escribo. Me envía, sin saludos de por medio, un enlace. Es un artículo que escribí hace más de una década.
No entiendo, así que le pido que me explique qué pasa con el artículo. Me envía un audio.
Se presenta y me pide disculpas. Me recuerda su historia. Luego de la explicación me pregunta cómo hace para que ese artículo sea borrado. Hace una pausa y retoma sus palabras agradeciendo el apoyo de ese momento y que gracias al artículo y la petición, pudo recibir los recursos suficientes para que su hijo superara su situación de salud. Pero, hizo otra corta pausa, ahora es un adolescente que no quiere que la gente se entere de lo que le pasaba en su infancia. La foto que acompaña el texto artículo no muestra su rostro.
Le respondo por escrito a la preocupada madre y le sugiero que llame al periódico donde fue publicada la información, y que solicite que el artículo sea removido de su página web. Hace varios años que no trabajo allí, así que no tengo forma de gestionar su solicitud.
Me agradece. Doy por terminada la conversación y me quedo pensando sobre la pertenencia del pasado que se comparte, sobre la memoria, sobre la necesidad del olvido.
Hace años leí un artículo extenso en un periódico español que abordaba el derecho al olvido en internet. No recuerdo los detalles, pero sé que la iniciativa partía del reclamo de unos padres ante Google, exigiendo el borrado de una foto tomada en la escena del accidente de su hija, creo que de 16 años, quien había muerto al chocar el carro que conducía a alta velocidad con la columna de una pista elevada. Alguien había tomado una foto del cuerpo destrozado entre los restos del vehículo y esta foto había sido compartida hasta que llegó a webs y foros en internet. Recuerdo que el padre afirmaba que para ellos era mortificante saber que la imagen de su hija muerta en esas circunstancias estaba ahí, en ese espacio etéreo de bits, para el placer morboso de personas que nunca la conocieron, y que esa situación también les impedía sanar esa herida, darle reposo a esa pérdida, asumir el descanso de la memoria de su hija.
Ese día, al terminar de leer el artículo, busqué y encontré algunas webs que se dedican a compilar imágenes brutales, grotescas, casi inhumanas. Cuerpos transformados, casi irreconocibles. Tres minutos después de iniciar esa búsqueda apagué el computador y me eché a llorar.
Abrí un perfil de Facebook en 2009. Por varios años fue un lugar en el que conectar y reconectar con personas, familiares, amigos, colegas y hasta desconocidos con asuntos comunes. Conservo muchos de esos lazos e intercambios. Con el tiempo, otras redes sociales empezaron a ser más atractivas y entro a Facebook muy de vez en cuando.
Hace pocos años hice una “limpieza”. Borré un montón de contactos, grupos, páginas. Reduje considerablemente el número de perfiles conectados con la etiqueta de “amigos”. También hice costumbre desligar los perfiles de aquellos y aquellas que habían fallecido. Sólo he conservado el perfil de uno de mis queridos ausentes, con quien compartí tardes de sábado tomando café en Ciudad Colonial y que, en cierta manera, fue uno de mis padres putativos.
Hace pocas horas ingresé a mi perfil en Facebook a revisar un mensaje que me enviaron por la mensajería de esa aplicación. Lo leí y chequeé otras conversaciones archivadas. Descubrí una cantidad no esperada de chats grupales donde había sido agregada. Empecé a “abandonar y eliminar” y, entonces, me encontré con rostros conocidos en otras épocas, con personas que fueron cercanas y ya no lo son. Encontré un chat que no recordaba, donde una amiga me invitaba a una despedida a la que no fui. Leí el chat, sonreí y empecé a curiosear.
Encontré un perfil que había sido convertido en memorial. Vi otro de alguien con quien trabajé y de quien guardo buenos recuerdos, pero sé que ha pasado por mucho a nivel físico y hace muchos años que perdí contacto con él. Pasé por otros perfiles, borré conversaciones, chats. Encontré rostros de personas que ya no están en mi vida, de gente lejana que fue cercana, de gente que ya no está y de quienes solo quedaron esas fotos digitales colgadas en ese espacio. Por un momento sentí un hueco que se cerraba sobre sí mismo, una especie de derrumbe invisible en que se me amontonaban recuerdos difusos, sentimientos contradictorios y vacíos bulliciosos.
Cerré la aplicación. Le escribí a un amigo para preguntarle por alguien a quien vi allí. No me dio buenas noticias.
Entré otra vez. Envíe una solicitud de amistad a alguien de esos lejanos.
No sé por qué lo hice.
Encuentro la foto de un texto que leí en 2018. Una parte del texto está subrayado.
“Supongamos, solo supongamos, alma abatida, que intentas vivir una vida ejemplar. Ser bondadosa, honorable, considerada, justa. ¿En virtud de que autoridad? Y nunca sabrás, así, lo que anhelas saber. Para alcanzar la sabiduría es preciso vivir una vida que sea singular en otro sentido, que sea perversa. Para saber más, debes invocar todas las vidas que existen, y excluir luego lo que no te place. La sabiduría es una empresa despiadada”.
Busco el libro del que tomé la foto (anoté las referencias de la lectura en esa publicación). El texto subrayado está en la página 64 del libro “Yo, etcétera”, de Susan Sontag, en un capítulo que se llama “Declaraciones”.
Hojeo el libro. Encuentro un trébol seco. No sé por qué está en la página 189, ni recuerdo donde lo encontré. Continúo repasando algunas líneas de manera aleatoria. Encuentro otro párrafo subrayado. Página 55.
“Es un placer compartir los recuerdos. Todo lo recordado es querido, cariñoso, conmovedor, precioso. Por lo menos el pasado es seguro… aunque entonces no lo supiéramos. Ahora lo sabemos. Porque pertenece al pasado. Porque hemos sobrevivido”.
